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TRIBUTO A MARCO

 

Tres meses y medio.

Tres meses y medio habían pasado desde que abandoné mi residencia española.

Y ahora por fin, volvía a España, mi querida España, como decía Cecilia en su canción, para pasar las vacaciones de Navidad.

La alegría recorría cada poro de mi piel. Había conseguido sobrevivir al primer periodo. Haciendo una pequeña revisión mental mientras esperaba en la puerta de embarque del aeropuerto de Amsterdam pensaba en mis  logros. Y me sentía feliz. Feliz y aliviada de poder descansar mi mente durante quince días del idioma por excelencia. Feliz y entusiasmada por poder volver a abrazar a los míos. Feliz y extasiada de hablar por los codos sin pensar en giros gramaticales, tiempos verbales o déficits de vocabulario. Feliz y capaz de casi cualquier cosa a partir de ahora.

FELÍZ. FELÍZ. FELÍZ.

Recordé mi viaje de ida al país de las flores, tres meses antes, envuelta en lágrimas. Sin poder evitar que brotasen en cualquier momento y con las gafas de sol preparadas para tapar  mis ojos en cuanto hiciese falta. Evitando que mis hijos me viesen llorar para que no vivieran la separación como una tragedia. Evitando lo inevitable, es decir, afrontar la situación que había evitado durante todo el mes de preparativos.

Durante el vuelo de vuelta a casa por Navidad también recordé el día que Marco abandonaba España, un día cualquiera del mes de  agosto, en la T4 de Madrid.

Mi hermano  y yo fuimos a acompañarle al aeropuerto. Marco se despidió de su familia en casa. Habíamos acordado hacerlo así. Tres semanas más tarde, yo lo repetí del mismo modo. Al aeropuerto no fueron a despedirnos ni nuestros padres, ni nuestros  tíos, ni sobrinos o abuelas. No. Rotundamente no. Había que desdramatizar, había que quitar leña al  asunto y tratar de vivir la situación de la forma más natural posible. Cómo si no fuese la primera vez que nos íbamos, cómo si ya lleváramos diez o doce viajes. No éramos los primeros, ni los últimos que emigraban a otro país. Emigrábamos en unas condiciones bastante buenas a  pesar de las dificultades que entraña el empezar de cero en cualquier sitio. No me puedo imaginar como se ha de sentir  alguien que cambia el avión por una patera y las maletas por unas bolsas de tela roída. Éramos unos afortunados y decidimos que así habíamos de vivirlo.

Cuando Marco facturó sus maletones debió sentir que  cargaba 46 kilos sobre sí mismo, en lugar de sentir que se desprendía de ellos. Después de colocar el equipaje sobre las cintas del aeropuerto no había más demora posible. Todo iba a cambiar. Sólo se quedó con el maletín del portátil en una mano y un periódico español apretado fuertemente en la otra. De camino a la puerta de control, mi hermano le daba conversación acerca de temas banales como las características de las estructuras de metal de la T4. Yo le  escuchaba en silencio, llena de agradecimiento, pues hacía que la despedida pareciese poco importante al lado de los problemas cotidianos.  

Llegados a la puerta de control no quedó más remedio que asumir la situación. Era  hora de despedirse. Marco se debatía entre la necesidad de embarcar y evolucionar personal y laboralmente y las ganas de quedarse en tierra dejando pasar sus ilusiones y volviendo a la seguridad de su antigua vida. Tiempo después me confesó que hubiese cambiado su puesto a cualquiera en aquel momento. Se sentía “panicar”.

Nos abrazamos tensos y le deseé suerte. “Te veo en tres semanas, todo va a ir bien, no te preocupes”. Mi hermano le palmeó la espalda con una sonrisa en los labios, deseándole del mismo modo suerte y diciéndole al estilo español: ¡bueno macho….pues…..al toro! Nos vemos en unos días (?)

Y Marco entró.

Le observamos caminar entre las cintas, en silencio y  conteniendo las emociones. Parecía que llevase una mochila de 80 kilos a la espalda. Su gesto denotaba cansancio, no había sido capaz de “pegar ojo” en toda la noche como delataban sus ojeras y su mandíbula permanecía contraída por la angustia y la expectación del “que pasará” desde que conociera la noticia un mes antes.

Cuando pienso en el esfuerzo que hizo, vuelve a aparecer el nudo en mi garganta y de nuevo se emborronan las teclas del ordenador.

Yo sabía lo preocupado que estaba por muchas cosas: tenía que encontrar casa antes de que llegáramos nosotros, ayudar en la adaptación  de los niños, solucionar un millón y medio de  trámites, hablar en inglés casi 24 horas al día, vivir en un hotel completamente solo, en un país extraño, sin familia ni amigos cercanos, durante casi un mes entero….y por supuesto  demostrar que estaba perfectamente capacitado para el puesto que había sido seleccionado. Evidentemente esto era lo que le quitaba el sueño y el hambre. Él era el único responsable de que el movimiento de ajedrez realizado por toda la familia fuese fructífero, era el alfil que gana a la reina. Y la jugada había comenzado.

Pero yo también era consciente de que le preocupaba y mucho como me afectaría a mí este cambio de estatus. Estaba renunciando a mi trabajo, a mi familia y amigos….y él sabía que mis recursos idiomáticos eran limitados. Sentía angustia al pensar que por muchas ganas que tuviera de emprender esa aventura quizá podría venirme abajo y no ser capaz de superarlo. Y entonces él se sentiría perdido, solo, frustrado y con la culpa de haber destrozado una familia. Creo que estaba aterrado. Así que no tuvo más remedio que confiar en mí…..al igual que yo en él. No había otra alternativa. O íbamos al 50 por ciento cada uno o caíamos con todo el equipo…y en este caso el equipo los formaban dos criaturas de 8 y 5 años.

 

 

Estos fueron los pensamientos que inundaron mi viaje de vuelta a casa por Navidad, sonrisas en lugar de lágrimas y  satisfacciones en lugar de miedos. De vez en cuando, echaba un vistazo a mis hijos y admiraba su fortaleza. Estaban sanos, felices y…. muy delgados, aunque de esto último ya se encargarían sus abuelas. Había superado el primer periodo. Habíamos superado el primer periodo. Juntos. Los cuatro. Y la verdad, no lo habíamos hecho nada mal.

Y seguía disfrutando de una magnifica persona a mi lado. Alguien que soportaba estoicamente y día tras día a un alma como el mío. Un alma rebelde, alocado, inconformista y despistado. Un alma que pecaba de lamentos victimescos en algunas ocasiones porque no había entendido lo que le decía una señora en el ascensor. Pero un alma lleno de gratitud hacia él por haberme brindado la posibilidad de cumplir un sueño, por haberme permitido acompañarle en este viaje.

No se si mañana estaremos juntos o no. No se cual es la fecha de caducidad de las cosas, más allá de los yogures y creo que tampoco me importa. Mis nuevas experiencias me enseñan cada día a vivir los momentos como algo único, sin ocuparme demasiado del futuro no más de la semana que viene, aquel carpe diem tantas veces repetido pero tan  pocas practicado hasta hace pocos meses. De este modo sé que mi futuro con él es día a día, entre discusión y discusión o entre roces y caricias.

Así que por esto y otras muchas cosas me sentía en la obligación de rendir un tributo a Marco, porque mañana no sé  que pasará…

O por el carpe diem…o por si acaso,  lo dejo dicho.

Y después de la ñoñería y el pastel aún de confesaros una cosa más…Marco tiene defectos… ¿o qué os creíais?

CODILLO A LA ALEMANA

¿Os habéis dado cuenta de que  vivimos rodeados de mitos?, el de la dieta de la alcachofa, el de la chica de la curva, el de que las holandesas son unas tías buenas ( bueno, esto no es un mito, es real), el de que cualquier país es mejor que el tuyo……..Ayyyyyyyy!!!!!!!!!, mitos, mitos y más mitos!!!!!
Pero,¿ sabéis que?, hay un mito que si es real. El de la comida española.

Tuvimos nuestro primer evento social a principios de diciembre. Una cena.
Los padres de una amiga de Clara, una familia de alemanes, nos invitaron a su maravillosa casa a cenar. Un sábado. A las 6 p.m.
¡¡¡¡¡¡¡Qué siiiiiiiiiiii!!!!!!!!!. A las 6…..de la tarde.
Cuando Margott, me envió el SMS para preguntarme si me apetecería cenar en su casa con Matt y con ella, mientras los niños jugaban, no cabía en mí de gozo.
-          ” ¡Mira Marco , no se como lo he hecho, pero le debo haber caído bien, porque…nos han invitado a  cenar a su casa!!!!!. Como me daba tanto corte, le he dicho que nosotros llevaríamos algo, así que se me ha ocurrido que podemos llevar un bol de ensaladilla rusa y una tortilla de patatas, ¿qué te parece?”
-          Ehh, bien…..Sabi…… pero….. ¿no crees que es demasiado?, los que nos invitan a cenar son ellos, no?
-           Marco, no me gustaría que pensaran que somos unos  tacaños. Me cuesta bastante comunicarme, como para encima quedar mal, ¿no crees?, yo no se nada de las costumbres alemanas….
-          Ya, pero es que cuando vamos a cenar a casa de cualquier amigo lo que solemos llevar es algo de vino, o el postre.  Sabi, ¿no crees que estás un poco neurótica con lo de relacionarte?
-         NEURÓTICA DICES???????, (a veces los tíos no entienden nada). NEURÓTICA POR QUÉ???NO ENTIENDO PORQUE PIENSAS ESO….
-          …..Quizá porque has preparado una fuente de tres pisos  de ensaladilla  y aún ha sobrado para comer dos días aquí y una tortilla de patata con 8 huevos. Sigo pensando que te has pasado…
-          AH SÍ?????, pues no se si tendremos para todos,¿ o es que no te has fijado en como está Margott?...... yo diría que precisamente hambre no pasa…..
-          Sabi, solo somos 7, ¿no has contado con lo que preparen ellos? Los alemanes suelen comer codillo, salchichas, chucrut…
-          Qué no Marco, lo he decidido…………. está bien así. Está muy bien. Ah!, y recuerda comprar el vino, ok?”

Marco decidió que era mejor dejarme a solas con mi locura y ocuparse de otros menesteres mientras yo seguía quebrándome la cabeza con la presentación de la ensaladilla rusa. “¿Les gustará el pimiento rojo?, ¿y  las aceitunas?”.
Me gustaría explicaros algo. Cuando estas fuera de tu país, intentando ser aceptado en un determinado grupo, cualquier mínima duda se convierte en una pregunta casi de tipo existencial. Para que os hagáis una idea, es algo así como cuando eres una adolescente y consultas los resultados del test que acabas de hacer en la Ragazza:

Y el test de esta semana es: ¿TE GUSTARÍA QUE PUSIERAN ACEITUNAS A LA ENSALADILLA SIN PREGUNTARTE ANTES?:TE GUSTARÍA QUE PUSIERAN ACEITUNAS A LA ENSALADILLA SIN PREGUNTARTE ANTES?:

-          Mayoría de respuestas A (has puesto las aceitunas sintiéndote segura de lo que haces): Has puesto las aceitunas y has dado por hecho que cualquier producto español les gusta. Por tanto, consideras que adoran lo español: el clima, las playas, los campos…. ya que gracias a todo esto, los olivos dan estos frutos que los agricultores españoles recogen con ahínco cada temporada. Así que,  si adoran el clima, el fruto, la ensaladilla…. adoran al agricultor que lo recoge y en consecuencia a la gente española. Conclusión: LES GUSTARÁS, PERO,  A VECES TE DEJAS LLEVAR DEMASIADO POR TU EGO, ¡QUÉ NO SE APODERE DE TI O TE QUEDARÁS SIN AMIGOS!
-          Mayoría de respuestas B (has llevado las aceitunas en un bol aparte). Has llevado las aceitunas aparte en tu mejor bol, y   preguntas educadamente  a todo el mundo si le apetece comer aceitunas. En esta circunstancia, te considerarán una persona respetuosa ya que no antepones tus gustos personales a los suyos. Además, agradecerán ser preguntados por algo tan importante, consensuando decisiones  que afectan a todo el grupo, y haciéndoles parte activa de la cena. Es más, caerán en la cuenta de que eres alguien sensible y que no por el hecho de que sea un producto de tu país,   les tenga que gustar.
Conclusión: ENTENDERÁN EL GESTO COMO UN HALAGO HACIA ELLOS Y SUS COSTUMBRES. ¡SIGUE ASÍ! ADEMÁS DE CULTIVAR TU AUTOESTIMA, TUS AMIGOS NO TE DEJARÁN DE LADO NUNCA.
-          Mayoría de respuestas C (pones las aceitunas y te haces la tonta).  Has puesto las aceitunas pensando que lo lógico es que les gusten y si te dicen algo, decides hacerte la tonta y decir: “Sorry, I don’t understand”(esta opción la suelo bordar).
Conclusión: DEJA DE COMERTE EL TARRO CON GILIPOLLECES, SABI, Y VETE A LA DUCHA QUE VAIS A LLEGAR TARDE!!!!! YA SEGUIRÁS TRABAJANDO TU AUTOESTIMA EN OTRO MOMENTO!!!!!!



Y sí; después de esta locura momentánea, me meto a la ducha con el tiempo justo para llegar tarde tan solo diez minutos de la hora fijada.



Matt y Margott prepararon la mesa con relativo  buen gusto. Unas velitas por aquí, unas flores por allá….Habían dispuesto unas bonitas bandejas alargadas con un salteado de hortalizas frescas: pimientos, pepino, rodajas de tomate….”Un detalle de elegancia y buen gusto”, pensé.
Nos ofrecieron el  vino español que habíamos llevado antes de sentarnos a cenar. Empecé a tomármelo rápido, pensando que quizá me ayudaría con la pronunciación.  Así que, después de dos copas  (soy de borrachera fácil)  me sentí fluir poco a poco y fácilmente.
Margott nos invitó a tomar  una  sopa, que no había preparado aún, pero que podía hacer, si la queríamos, en un abrir y cerrar de ojos. Lo cierto, es que ella había pensado que con tooooooooodo lo que había de cena, no era necesario. Así que, si nos parecía bien, dejábamos la sopa para otro día y picábamos algo de lo que había allí servido. Para nosotros era más que suficiente, ¡¡¡claro que sí!!! “En estas circunstancias siempre pasa igual – dijimos- empiezas a comer deprisa y con hambre y cuando llegas al segundo plato ya estás repleto!!!

De primer plato, comimos pues ensaladilla rusa. A Matt le encantaba. Ya conocía esta receta  porque lo había probado cerca de la Costa Brava, en los viajes de trabajo que había tenido que hacer por aquella zona. Nos preguntó por  los ingredientes  y después  hizo alarde de su dominio de la lengua española con frases como: “una cerveza más, por favor” y “flamenco y oooooulé”. Evidentemente tuvimos que reír la broma, aunque nos hizo la gracia justa, claro. Era un tío majo,¡ de verdad!, y  con unos modales refinados, excepto cuando metía los dedos en el cuenco del helado para aprovechar los restos que quedaban pegados a las paredes del bol, como si esto fuese de lo más normal en un evento social de cualquier tipo.  
Mientras tanto, la hija de Margot y Matt, aprovechaba que sus padres estaban despistados comiendo a dos carrillos,  para comportarse como una auténtica déspota. A veces, esta niña rubita, de ojos claros y mirada dulce, me recordaba a la niña del exorcista. Tenía muy bien custodiado un carácter hostil y caprichoso.  Las veces que vino a casa a jugar con Clara, se portaba como un ángel cuando yo estaba delante, pero cuando me daba la vuelta para encargarme de que Josh no hiciese pruebas metiendo moscas u otros seres vivos en vasos llenos de Coca-Cola , la escuchaba dar órdenes a Clara como cualquier sargento que se precie.
Así, mientras esta dulce niñita aprovechaba la ocasión de decirle a sus padres (en alemán por supuesto) que la ensaladilla estaba asquerosa y que ella solo quería comer 25 trozos de tortilla de patata y que si no quedaba para los demás no era problema suyo, nosotros sonreíamos simulando que era muy agradable el comentario que estaba haciendo. ¿Qué pensaba,  que aunque lo dijese en alemán no la íbamos a entender? Por supuesto, yo no la entendía, pero  lo que ella no sabía, es que Marco tenía cierta base de alemán y que aunque no hablaba mucho era capaz de comprender bastante. Sus padres tampoco lo supieron hasta media hora después, cuando Marco, de forma discreta intervino en la conversación que mantenían entre ellos acerca de la música que pondrían a continuación en el Ipad.
Llegó la hora del plato principal.  Marco y yo supusimos que para darnos a conocer su cultura habrían preparado algo típico alemán, quizá codillo. La sorpresa fue grandiosa, pues, llegado el momento de que  alguien se levantase a por el alimento en cuestión, nada sucedió y, en su lugar, tanto Matt como Margott siguieron comiendo ensaladilla y tortilla de patatas como auténticos trogloditas. Así la cena se convirtió en un primer y único plato de duración infinita. Bueno, no exactamente  infinita, ya que duró lo que tardaron en comerse la tortilla de ocho huevos y la ensaladilla rusa. Yo intenté no juzgar la situación hasta pasado un tiempo prudencial y mi única preocupación se centraba en dejarme  los cuernos intentando mantener una conversación coherente en inglés. Entonces,  se grabó en mi pupila para siempre la imagen de dos alemanes comiendo compulsivamente trozos de tortilla de patatas condimentados con un buen chorro de aceite de oliva por encima, comprado exclusivamente para esta ocasión,  mientras pringaban esta mezcla en la mahonesa de la ensaladilla.
Como comprenderéis mi hambre y yo  nos retiramos de este evento casi en paralelo. A partir de aquí,  solo me dediqué a sonreír y picotear algo de tarde en tarde, tratando de no mirar a los teutones más que lo justo y necesario.
Y en este punto concluyó la cena, eso sí, después de que pringaran con pan tostado los restos que sobraron en la fuente.
Sólo faltaba por tomar el postre.
El  postre.
El maravilloso postre preparado por Margott.
El plato estrella de aquella tarde.
Y por cierto,  el único que ellos dispusieron…. Bueno…..junto a los trozos de hortalizas y…. ¡Ah sí! ¡lo olvidaba! Y …..aceitunas. Aceitunas verdes, aceitunas negras, aceitunas con pimiento….así…. sin preguntar, dando por supuesto que nos gustarían…….

La delicia de postre que le había llevado casi una hora en la cocina era….frambuesas en una bonita fuente (que…. ¡por cierto, vaya precio que tenían las frambuesas!!!!. Os habéis fijado que son “reaaaaaally expensive”?????) acompañadas de helado de vainilla marca” Alberth Heinj*

*Alberth Heinj son unos famosos supermercados holandeses. Los productos de su marca suelen ser bastante económicos pero no siempre de buena calidad.

La única botella de vino que tomamos fue la que llevamos nosotros, ya que a mitad de la cena Matt decidió por todos  que era mejor  que tomásemos agua, pues  teníamos que regresar a casa en bici y….no era buena idea beber  más vino, no sea que tuviésemos un accidente, je,je,je!!!! ( ¿conocería Matt a mi caballero cincuentón de la puerta del supermercado??).


Después del “gran”  banquete, del cual yo me quedé con hambre y un considerable atontamiento a causa del vino,  pasamos a la sobremesa. Margott nos enseñó su nuevo proyecto, algo a lo que estaba dedicando muchas horas de trabajo. Un libro de recetas de cocina.  Recetas de `platos típicos alemanes, que yo me pregunto: ¿ por qué razón no pondría en práctica aquella noche?, Hubiera sido un buen estudio de mercado, ¡digo yo!. Todos alabamos el exhaustivo trabajo de investigación  realizado por Margott con este libro.  Marco y yo cruzamos miradas cómplices mientras reprimíamos una sonora carcajada y continuamos charlando.
La conversación tomó otros derroteros  más complejos como la educación de los hijos, la familia…. Y se formaron las parejitas típicas-tópicas. Chica habla con chica, chico habla con chico. Y como no podía pedir auxilio a Marco, en un momento determinado desconecté. Ella seguía hablando y yo me perdí, más o menos en la tercera frase. Mi cara debía indicar lo contrario, creo que debía tener un gesto de gran interés o no se muy bien qué a causa del vino. La cuestión, es que, a Margott la pareció oportuno hacerme una pregunta tan íntima como trascendental del tipo: “¿crees en Dios?”. Y yo, en pleno bypass solo acerté a decir un: “Ehhhhhh…….¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Buffffffff!!!!!!!!”, llenando de aire mis carrillos en exceso.

No se si esto gustó mucho o no, pero pasados diez minutos de mi hazaña, Margott con el reloj en  mano, dijo: “es tarde, y estoy cansada, me he levantado a las 6 de la mañana”. Marco y yo nos miramos de forma cómplice, pensando ambos que  había llegado el momento de partir como diría Nino Bravo. Recogimos a Josh y a Clara y salimos a por nuestras bicis.










Eran las nueve en punto de la noche cuando nos despedimos de ellos fraternalmente a la puerta de su casa y no cruzamos palabra alguna entre nosotros hasta que recorrimos al menos una  manzana.
Entonces, y sin que nos escucharan los niños, Marco me dijo:
-“Gracias cielo, por la ensaladilla y la tortilla de 8 huevos. Tenías razón,  ante todo que no piensen que somos unos tacaños. Eso sí, estoy deseando invitarles a cenar a casa, ¿crees que entonces probaremos el codillo alemán??? .”
-“¿¿¿¿¿CODILLO?????? Creo que éstos solo conocen el codillo por el libro de recetas. Pero…………..¿¿¿¿ has visto????. Tu hijo lo único que ha cenado ha sido pan con queso,¡¡¡¡ si no le han dejado ni probar la ensaladilla!!!!!
- “¿Queso? ¿Y de dónde lo ha cogido?”
- “¡¡¡¡¡Pues de la mesa!!!!!!, ¿de dónde lo va a coger, Marco?”
- “Sabi…….era…….. mantequilla, no había queso en ningún sitio”.
-“ ¿Quéeeeeeeeee?.........”

Y yo me pregunto: ¿¿¿¿por qué a veces los españoles  dedicaremos tanto tiempo a pensar en aceitunas y olivares en lugar de pensar que somos estupendos??

REFLEXIONES

Hoy parezco una escritora tarada.
Acabo de regresar del supermercado de hacer la compra, algo que me estresa y me produce malestar habitualmente y me ha caído una de esas “lluvias ligeras” de por aquí. Las ligeras son aquellas en las que aún puedes ir en bici pero con los pantalones impermeables y el chubasquero puesto. He llegado a casa con el pelo revuelto, la cara chorreando y la mirada perdida. Y cuando me he plantado delante del espejo he pensado:
“Sabi, pareces una escritora loca”.
Como no esperaba que lloviese,  solo me he llevado el chubasquero. He  llenado la bici hasta los topes con la compra y he tenido que regresar  con  la lechuga y el queso holandés en la mano mientras pedaleaba.
Hoy no tengo anécdotas.
Puede que sea el cielo gris, o la lluvia, pero hoy es un día de reflexiones.
¿Por qué estoy aquí? ¿A qué hemos venido? Y no lo pregunto en el sentido existencial de los filósofos, sino en el plano lineal de la realidad.
En serio.
¿Por qué he decidido dar un giro radical a mi vida?, ¿Renunciar a mi trabajo? ¿Meter mi vida en diez maletas y decir adiós a familia, amigos, seguridad de lo conocido?....., ¿por qué?

Mi gente más allegada me decía: ¡¡hazlo ahora, es el momento, es la forma, ahora puedes…luego… olvídate. Te aferras. Te atas a más cosas cada vez. Te da pereza….Y mira como está el país….huye, escapa, vete!!
¿Y si os digo que ese no era el interés? ¿Y si os digo que me daba exactamente igual como estuviera el país ya que incluso con la economía boyante de los años pasados hubiera hecho lo mismo si se me hubiera plantado en la nariz?

Lo podría resumir en perseguir un sueño. 
Vivir un sueño.
Que tu sueño deje de ser sueño para hacerse realidad y…tener coraje para hacerlo.



Después de aprobar unas duras oposiciones en el campo de la docencia, de conseguir el  trabajo que ansiaba, de encontrar una cierta estabilidad económica, de tener dos coches, una casa a medio pagar con una hipoteca relativamente baja, dos hijos bien sanos y mi familia cerca, algo se cruza en mi mente.
Falta algo.
Necesito algo.
Quiero viajar, aprender, conocer  otras culturas, ver que hay fuera, pero no como turista,  como una más. Tengo ansia de mundo.
Algo que no he podido hacer nunca porque siempre he estado estudiando, bailando, trabajando, pariendo o…..teniendo miedo.
Sí, definitivamente es eso.
Creo que ya no tengo miedo. Decido que no quiero tener miedo. Que quiero perseguir mis sueños. Que quiero apostar por aquello en lo que creo. Qué soy capaz de hacerlo.
¡Qué puedo hacerlo!

Y lo hago. ¡Con un par! Me olvido de que tengo dos hijos que  “¡pobres!, que mal lo van a pasar (me dicen algunas lenguas viperinas)”, me olvido que tengo dos coches (¿y qué más da si he de venderlos? ¡Si solo son coches!), me olvido que son 1000 y pico kilómetros de distancia entre los que dejo aquí y yo,  me olvido de mi trabajo en el que soy alguien valorado, me olvido de que no se inglés, ni holandés y a veces casi ni español e intento no pensar que mis padres ya son mayores…. Y decido hacer algo que hemos ido olvidando según íbamos creciendo.
Soñar.
Soñar  y cumplir tus sueños.


 
Empiezo a meter mi vida en mis maletas, pero solo lo imprescindible. Solo aquello que voy a necesitar, porque lo demás no cabe. No hay sitio para las tonterías, para las cosas superfluas, para lo absurdo. Sólo cabe el ánimo de mi gente, la esperanza, la alegría, la pasión, “el buen rollo”…
El coraje, la fe, la energía, el “todo va a salir bien”, el diccionario de inglés-español, y algo de dinero que me han prestado, que creo que no me llega para empezar de cero, pero…. ¡me da igual!
Decido vender mi coche, regalar a los demás mi ropa, mis bolsos, mis pendientes y mi ánimo.
Decido quedar con los amigos que hace tiempo que no veo.
Decido reír a mandíbula batiente y llorar como un bebé.
Decido decirle a mi familia que la quiero y que no se preocupen que estaré bien.
Decido seguir a un tío llamado “marido” que dice que me ayudará a perseguir este  sueño juntos, algo difícil en los tiempos que corren, y… ¡¡le creo!!!



Y decido hacer todo esto porque he perdido el miedo.

Y decido ponerme a escribir.
E ir en busca de otro sueño que he acallado desde hace años.
Decido liberar mi alma para  estar sana y recibir todo lo bueno que los demás me quieran dar. Incluso las críticas. Decido enfrentarme también a ellas y ser valiente.
Y todo esto lo hago mientras trato de no meter más de 20 kilos en una maleta que lleva parte de mi vida antigua.

Y de repente todo surge….

A TODA MÁQUINA.

Por fin tenía mi primera bici!!!!!. Se acabaron las largas caminatas por el pueblo!!!.  Ya no me conocerían como “laespañolaquenosabeinglés y vaandandoatodaspartes”, me dije. Ahora solo me conocerían por “laespañolaquenosabeinglés y loestáaprendiendo” De una vez por todas, empezaría a integrarme en este país. Lo siguiente era  teñirme el pelo de rubia y acabaría  pasando desapercibida.

Y desde luego que lo hice, no lo de pasar desapercibida, sino lo de  comprarme la bici e integrarme a toda velocidad….













La avenida que recorría todos los días era especialmente bonita. En pleno centro, rodeada de árboles frondosos, tiendas de todos los estilos, casas  coloniales…
Siempre había bullicio y  estaba muy transitada  por bicis, monopatines, patines,  patinetes  y cualquier otro objeto rodante  que se os ocurra.
Llevaba días observando a los ciclistas, allí todo el mundo es ciclista, o tiene el derecho a serlo. Las normas son claras: primero las bicis, luego todo lo  demás, incluidas las personas. Si atentas contra una bici, ¡cuidado!¡ Puede que tu vida corra peligro.!
El caso es, que observaba a los ciclistas y recordaba mi época de niña en la que adoraba pedalear sin parar y lanzarme “a tumba abierta” por las cuestas. Estaba deseando comprármela. Además tenía que llevar a mis hijos al colegio y para  eso lo mejor era  la  bici. Ni tren, ni autobús, ni a pie….. ni evidentemente en coche, porque aún no teníamos dinero para comprarlo.
Necesitaba una bici.
Y la tuve.
La encontré en el mercado de segunda mano, y creo que al igual que los coches, había tenido algún siniestro previo por un  golpe mal disimulado en la barra posterior. Era una Oma  Fiet*, con defensa delantera y bloqueador de rueda con llave. Era de piñón fijo y no tenía que preocuparme de cambiar de marchas. Sólo  tenía  un inconveniente, había que  frenar con los pies. A contra pedal.
Se la compramos a un semi – gitano “medio holandés-medio marroquí” de un taller de reparaciones, cercano a casa. El tío no hablaba inglés, pero chapurreaba algo de español, algo de italiano, algo de portugués… . Así, entre gestos, mentiras y cadenas  de bici me vendió al módico precio de 90€ una bici estupenda, que según él, le acababan de dejar  no porque le pasara nada, sino porque le habían comprado otra mejor y ya tenía dos compradores para la que la que yo acababa de elegir que…. justo en ese preciso instante, habían salido a tomar un café.
Y la compramos.
Ya lo creo que la compramos.
Esa y otras dos más, una para cada hijo.


*Se llaman Oma Fiet porque son las bicis que comenzaron a utilizar las abuelas en Holanda hace años. La traducción de Oma en holandés es abuela.


Recuerdo que como hacía buen día, me había puesto una minifalda de esas que se llevaban ese año, es decir, de las cortas…… cortas. Claro, no tenía ni idea de que volvería a casa con una bici “puesta”. En principio solo habíamos salido a echar un vistazo. Pero no hubo tiempo de pensar en lo que yo llevaba puesto, ya que los supuestos compradores tenían casi elegida MI bici y era una oferta magnifica.

El sillín me quedaba “un poco” alto. En condiciones normales (o sea con pantalones) llegaba al suelo de puntillas y tenía que dar con gracia un saltito para subirme. Pero la cosa se puso difícil  al llevar la  mini-minifalda mientras medio taller miraba  como “la guiri” se subía a la bici sin que se le viese todo y sin caerse.
Conseguí subir de forma medianamente digna y dando gracias a que por lo menos se me había ocurrido ponerme medias tupidas.  No pude darme la vuelta para decir adiós al semi gitano holando-marroquí porque no me  veía capaz de retorcer medio cuerpo mientras pedaleaba.


Ese fin de semana salimos a recorrer el pueblo con nuestras nuevas bicis. Necesitaba “ensayar”.
Y pensaréis: ¡vaya inútil!, ¿practicar?, ¿para montar en bici? Mirad lo que os digo: Prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Ya me gustaría ver a  más de uno con la bici en Holanda.
Peatones que cruzan como locos,  semáforos especiales solo para bicis,  coches que no sabes si pararán aunque tu tengas la preferencia, bicis que te adelantan o te atruenan con sus timbres porque vas haciendo eses mientras que  ellos conducen sin manillar al mismo tiempo que pasean al perro…. y  para colmo tu hijo montado detrás de ti en la barra trasera y tú advirtiéndole que no meta los pies entre la cadena porque lo menos que os puede pasar es que os matéis. Ah!!!!!!!!, se me olvidaba!!!!!!!!!! y todo esto mientras te limpias las lágrimas que te caen de los ojos por el maldito viento que te azota sin clemencia alguna.
No es fácil.
Pero nada fácil. Os lo aseguro.
Ayyyy!!!, pero soy una mujer valiente.

Valiente o inconsciente, no lo se.


Y llegó el lunes y los tres nos fuimos al colegio en bici. Clara, Josh y yo. Llegamos un poco tarde porque lo que se supone que eran unos diez minutos de trayecto se transformaron en 20 mientras que nos poníamos el gorro, el chubasquero, los guantes, las mochilas, montábamos en la bici y desmontábamos para cruzar la calle, porque no nos atrevíamos a hacerlo de otra forma; el resto de ciclistas nos adelantaba por la derecha o por la izquierda y me dejaba la voz en el camino diciendo a Josh que esto no era una carrera y que tenía que ir a mi ritmo, ya que tan pronto se quedaba detrás como pasaba por mi lado hecho una bala.

Pero llegamos.
Y en el trayecto de vuelta me relajé….
Me relajé tanto que empecé a pedalear de forma automática, sin poner atención a la velocidad y mientras pedaleaba pensaba en lo  bien que lo estaba haciendo todo.
Ya sabía algo de inglés. Había sido capaz de asistir a una reunión del colegio sola, y había entendido mucho más de lo que me hubiese imaginado nunca. Estaba empezando a conocer a gente, y misteriosamente, aunque no hablaba mucho, tenía la sensación de que caía bien a los demás. Y como ahora ya tenía bici, podría hacer muchas más cosas: ir a las reuniones extraescolares, salir al bosque, al gimnasio, a mi curso de inglés…..haría la compra con la bici, como el resto de holandeses, y quizá dentro de poco sería capaz de ir comiendo un sanwich mientras pedaleaba como hacían ellos,  ya no se me notaba tanto que era guiri…………………….
Debí estar tan sumergida en estos pensamientos que no me percaté de que cada vez pedaleaba más rápido. La euforia, hizo que mis músculos no supieran reaccionar cuando de pronto el señor que iba delante de mí, giró a la derecha sin previo aviso para aparcar su bici, delante de la puerta del supermercado en el que hacíamos   la compra habitualmente.  Yo intenté frenar…¡lo juro!!!….lo intenté con todas mis fuerzas….como “Pedro Picapiedra” con el “Troncomovil,”,( quizá también salieron chispas de mis pies mientras frenaba )………. pero lo único que pude hacer fue gritar ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHHH!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!, y embestir la rueda trasera de su bici.
Irremediablemente esto consiguió que frenase.



Aún recuerdo los ojos desconcertados del hombre. Y su cara.
Su cara de asombro, preguntándose porque le sucedería  esto a él, un lunes, a las 9 de la mañana.

Me bajé de la bici a toda prisa y le dije:

-“I’m sorry, I’m sorry, I don’t speak Dutch….I’m sorry, I’m so sorry…..It’s  my first time….It’s …..I…….I…… you……….ok????- no acertaba a decir nada más claro.
- “ Ohhh……………..ohhhhh……………… Ik ( esto es “yo” en holandés)…………… but…..What happened??........I know,  I didn’t show my direction, but  I think, you…you drove…. fast.

Evidentemente no entendí, deduzco que dijo algo así por los gestos que hacía con las manos, gestos que indicaban prisa, mucha prisa………………… Y le volví a  decir:
-“I’m sorry, I’m sooooo sorry, It’s…..it’s …….it’s the first time……that……..my bike…..my bike……new…….is……………..new……….today……………it’s……………I…………..- Acto seguido fijé mi atención en la bici. Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh¡¡¡¡¡¡¡¡¡, ¿ pero qué había hecho?????La rueda estaba como si le hubiese pasado una tuneladora por encima. No lo entendía, si solo le había dado un golpe, ¿cómo era posible?, solo era un golpe!!!!!. Bueno quizá un poco más, ¿a cuánto iba?, ¿a 20?, ¿a 30?. Pero, qué haría ahora?, ¿qué se hacía en estos casos?,¿¿¿¡ la policía!???.
Una nube negra pasó por mi rostro imaginando la situación si tenía que explicarle al policía  holandés, que había chocado con otra bici porque llevaba poco más de un   mes viviendo aquí y conducía ensimismada pensando que prácticamente ya era casi holandesa……
La cosa no pintaba bien.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo y pensé como le preguntaría al hombre que tenía delante, que se había que  hacer en estos casos, mientras él, trataba de enderezar la rueda de su bici que había quedado con forma de “S”.
 Y lo que salió de mi boca fue:
-“What….what….are you doing?, what are you doing?.....”
Levantó la cabeza y miró con cara de “esta tía es imbécil y ¿encima me pregunta  que qué estoy haciendo?”.
 Y mientras, yo seguía insistiendo, cada vez, más asustada y nerviosa:
-“But…what are you doing???I don’t know ( y como parecía que no me entendía bien repetía cada vez más alto)…. WHAT…ARE …YOU …DOING?????.
Creo que ese fue el “sumum” para él. Se hartó. O le harté. Y  me respondió que me marchara. Algo así como “go, go, quicly,  that’s fine”
Frustrada decidí batirme en retirada como un soldado torpe. Y con gesto de resignación, admitir, que aún  faltaban muchos kilómetros  para poder comerme un sanwich mientras pedaleaba.
En el último momento volví la cabeza y contemplé lo que había hecho yo solita a la bici de aquel holandés.
Desolador.


Y recuerdo que lo siguiente  que  pensé fue: “menos mal que ya me estoy integrando….”



MI AMIGO BURTON

Si alguien ha marcado especialmente mi paso por Holanda, ese ha sido Burton. Llegó a mí como una tabla salvavidas en pleno ahogamiento; en mitad de una reunión escolar. Cuando escuché su: “Si, hola, cómo están?, si, si, claro, yo hablo español….” la cara se me iluminó pensando que por fin había encontrado un compañero con el que charlar por las mañanas mientras sonaba el aviso de entrada al colegio. “Se acabaron las jornadas disimulando que entiendo todo pero que no hablo con nadie porque no me apetece”, pensé!!!
Burton tenía la piel negra, el cuerpo atlético y la mente espiritual. Procedía de los trópicos. Fue una de las primeras personas que me proporcionó las experiencias más divertidas y  surrealistas que he tenido ocasión de vivir en aquel país.
Cada mañana, le saludaba con alegría y descubría una faceta nueva: sabía hablar cuatro idiomas: español, inglés, holandés y una lengua autóctona de su país que nunca conseguí memorizar. Había trabajado en la marina durante casi 20 años, y como él mismo contaba, había visto pasar la muerte ante sus ojos en más de una ocasión, así que, por estás y otras razones no era capaz de comerse un plato de comida  sin antes rezar sus oraciones a Dios.  Burton no entendía porque nos empeñábamos en tener tantas cosas materiales si no eran necesarias para vivir.

Cierto día, estábamos charlando de la salud de los chicos. Él tenía sus teorías propias acerca de los métodos de curación. Yo le estaba contando que Josh se había sentido mal el día anterior: - “dolor de barriga”- le dije. “Yo creo que es porque se pegó un atracón de galletas y además…esta comida holandesa tan especiada… No consigo encontrar nada suave que comprar”. “¿Sabe cual es el remedio?”. “No se”- contesté- “¿traer la comida de España?, creo que me queda un poco lejos!” - dije riendo. “No. No” -se puso especialmente serio-  “cuando usted  llegué a casa ahora, lo que tiene que hacer es asar una manzana y hacerle cuatro cortes, uno a cada lado y dársela inmediatamente a comer…” “Ah!, si!, la manzana es astringente…”. “Hágalo!. Hágalo!. Pruebe y mañana me dice….” “Oh, bien, lo haré”- le contesté.
Reconozco que me pareció un tanto absurdo darle tanta importancia a una manzana. Cuatro cortes…. ásala…bufff!!!!! ¡¡¡¡¡qué pereza!!!! y entre mi pasotismo y mis pocas habilidades culinarias llegué a casa y lo único que hice fue ofrecerle una manzana entera a Josh,  pues  a la criatura no le apetecía tomar otra cosa.

Al día siguiente, Burton me preguntó como había ido la tarde anterior: “Oh muy bien, Josh está perfecto hoy. Creo que ya se le pasó el empacho”. “¿Hiso usted lo que le dije con la manzana?”, “Claaaaaaaaaro!”- mentí despiadadamente - “¿con los cuatro cortes como le dije?”-“ Si, si, exactamente como me dijiste”-“ Usted vio como él se recuperó con mi consejo, no?. Haga siempre yo que le digo y le irá bien. El próximo día le enseñaré las oraciones para purificar la  manzana antes de comérsela. Se lo digo a usted porque es española, si usted fuese holandesa no se lo habría dicho nunca”. Debí poner cara de estupor, pero fui salvada por la campana de salida de las clases…
Cuando el invierno hizo su aparición en Holanda, nuestras conversaciones matutinas cambiaron.
Nuestra atención se centraba ahora en la ropa adecuada que poner a los niños para esas inclementes  temperaturas, especialmente, para proteger determinadas zonas del cuerpo como ojos, oídos, garganta y en su caso, era de especial importancia protege bien…los huevos.


 Si, si, los huevos.

Esa parte tan importante en el hombre, “porque ustedes las mujeres lo tienen más fácil”- me dijo- es distinto. En los hombres es importante guardar bien la temperatura de los huevos, porque sino, no se pueden  hacer los hijos, usted sabe?”, “La mitad de los hombres holandeses no funcionan, no pueden tener hijos, no tienen ni idea, son unos ¿cómo lo llaman ustedes allá?.....¿muñecos?”. “Bueno, si, algo parecido creo que es” – contesté con malicia – “Así que, estos holandeses ni son hombres, ni son nada. Yo, a Nelson (mi hijo), siempre le digo que ha de ponerse bien caliente esta parte, para que él pueda ser un buen hombre en el futuro,  y pueda hacer muchos hijos a la mujer”.  Mientras que me contaba todo esto no dejaba de darse golpes una y otra vez en….sus huevos, y yo hacía unos esfuerzos tremendos para no bajar la mirada más allá de su cintura.
Descubrí que este tema le preocupaba especialmente  a Burton, casi  me atrevería  a decir que le obsesionaba. Así, la gran mayoría de nuestras conversaciones, estaban marcadas por….sus huevos. Sé que os sonará raro, pero él lo hablaba con la mayor naturalidad del mundo y yo tenía que hacer cada día un tremendo esfuerzo para no mirar a……  sus  huevos. Aunque, si he de ser sincera, ya  hasta me resultaban familiares, eran como dos amigos más que conversaban con nosotros por las mañanas. Imaginaos algo así:

-          “Hola Burton. Buenos días”
-          “Hola Sabina, qué tal?”
-          “Y tus huevos, cómo van?”
-          “Bien, gracias. Salúdalos tú misma, aquí están.”
-          “Ah, perdón no me había fijado. Buenos días  huevos de Burton”.
-          “Hola Sabi, te ves bien linda hoy…”
-          “Gracias chicos, vosotros también tenéis buen aspecto…”


Pero la gran anécdota, el mejor momento, la gran conversación que mantuve con Burton, fue el día que mi hijo Josh tuvo infección de oídos.

Había hecho un frío glaciar en Holanda. Los termómetros habían alcanzado temperaturas de 19 bajo cero. Y Josh pilló una buena infección de oídos. Así, ese lunes, no pudo ir al colegio. Al día siguiente, se lo estaba explicando a su profesora y cuando terminé de hablar con ella Burton me estaba esperando:
-          “¿Cómo fue?, ¿qué le ocurrió a Josh? Le escuché hablar con la maestra.”
-          “Oh, nada, lo normal con estas temperaturas, ha tenido infección de oídos.”
-          “¿Usted sabe porque le pasa esto?”
-          “Bueno, creo que si,¡¡¡¡¡¡ con este frío!!!!!….Además las clases de piscina….El otro día se quejaba de tener un oído taponado….Creo que se le quedó algo de agua dentro….no se….
Empecé a enfangarme en una larga explicación acerca de las infecciones. Mientras tanto, Burton me miraba y movía la cabeza con energía a uno y otro lado.
-          “….así que le llevé al médico y me dijo que era una otitis.”
-          “Ya, ya, pero ¿usted sabe porque le pasa esto a los niños de esta edad?”
-insistió.
-          “Bueno, pues….”
Entonces bajó la voz.  Ya se había hecho tarde y nos habíamos quedado prácticamente solos a la entrada del colegio, algo que posteriormente agradecí….

-          “A los niños de esta edad” - continuó- “les pasa esto porque….les están cresiendo…los huevos”.
-          “A….A….A…h…h….”- añadí como pude.

En ese momento imaginé la escena en la que le desvelaba al médico que si  mi hijo tenía infección de oídos era porque le estaban creciendo los huevos y acto seguido veía  como el médico, inspirado por mi aclaración, quemaba airadamente sus libros de medicina como si   de un manual de brujería se tratasen.
-          “¿Lo que usted tiene que hacer sabe que es?”- continuó de forma seria- “Un remedio que yo he hecho durante toda mi vida”.
-          “….Bu-e-e-e-no… el mé-di-co…- dije, no sin cierto temor- …le ha mandado antibiótico….y está mucho mejor….”
-          “No, no, no, no. La cosa es mucho más sencilla. Lo que tiene que hacer usted,  es, aplicarle por la noche una buena capa en sus huevos  de este ungüento que se usa para respirar mejor, ¿cómo se llama?”

-          “Vips….Vaporub????”- dije con cara de pasmo.
-          “Eso es, justamente. Le aplica una buena capa en los huevos del niño y después le pone unas medias de algodón para dormir. O mejor de lana. Y le deja dormir toda la noche con ellas. A la mañana siguiente ya verá usted como el dolor ha desaparecido….”
Desde luego, estoy segura que el dolor de oídos desaparecería, pero el de huevos…..rrrrrrrrrrrrrr……no quiero imaginarlo!!!! Mala bestia!!!!!!! ¡¡¡Cómo voy a escalfarle a mi hijo los huevos con Vips Vaporub así como así!!!!!????????!!!!!!

Reconozco que aquella conversación marcó un antes y un después entre nosotros y no pude volver a  comportarme igual con él. Mis conversaciones matutinas se fueron redujendo cada vez más, porque me asustaban sus lecciones de anatomía y salud, aunque las anécdotas no dejaron de sucederse, ahora, desde la lejanía, veo que esto solo fue el principio…..

PRUEBA NÚMERO UNO

Si alguien ha marcado especialmente mi paso por Holanda, ese ha sido Burton. Llegó a mí como una tabla salvavidas en pleno ahogamiento; en mitad de una reunión escolar. Cuando escuché su: “Si, hola, cómo están?, si, si, claro, yo hablo español….” la cara se me iluminó pensando que por fin había encontrado un compañero con el que charlar por las mañanas mientras sonaba el aviso de entrada al colegio. “Se acabaron las jornadas disimulando que entiendo todo pero que no hablo con nadie porque no me apetece”, pensé!!!
Burton tenía la piel negra, el cuerpo atlético y la mente espiritual. Procedía de los trópicos. Fue una de las primeras personas que me proporcionó las experiencias más divertidas y  surrealistas que he tenido ocasión de vivir en aquel país.
Cada mañana, le saludaba con alegría y descubría una faceta nueva: sabía hablar cuatro idiomas: español, inglés, holandés y una lengua autóctona de su país que nunca conseguí memorizar. Había trabajado en la marina durante casi 20 años, y como él mismo contaba, había visto pasar la muerte ante sus ojos en más de una ocasión, así que, por estás y otras razones no era capaz de comerse un plato de comida  sin antes rezar sus oraciones a Dios.  Burton no entendía porque nos empeñábamos en tener tantas cosas materiales si no eran necesarias para vivir.

Cierto día, estábamos charlando de la salud de los chicos. Él tenía sus teorías propias acerca de los métodos de curación. Yo le estaba contando que Josh se había sentido mal el día anterior: - “dolor de barriga”- le dije. “Yo creo que es porque se pegó un atracón de galletas y además…esta comida holandesa tan especiada… No consigo encontrar nada suave que comprar”. “¿Sabe cual es el remedio?”. “No se”- contesté- “¿traer la comida de España?, creo que me queda un poco lejos!” - dije riendo. “No. No” -se puso especialmente serio-  “cuando usted  llegué a casa ahora, lo que tiene que hacer es asar una manzana y hacerle cuatro cortes, uno a cada lado y dársela inmediatamente a comer…” “Ah!, si!, la manzana es astringente…”. “Hágalo!. Hágalo!. Pruebe y mañana me dice….” “Oh, bien, lo haré”- le contesté.
Reconozco que me pareció un tanto absurdo darle tanta importancia a una manzana. Cuatro cortes…. ásala…bufff!!!!! ¡¡¡¡¡qué pereza!!!! y entre mi pasotismo y mis pocas habilidades culinarias llegué a casa y lo único que hice fue ofrecerle una manzana entera a Josh,  pues  a la criatura no le apetecía tomar otra cosa.

Al día siguiente, Burton me preguntó como había ido la tarde anterior: “Oh muy bien, Josh está perfecto hoy. Creo que ya se le pasó el empacho”. “¿Hiso usted lo que le dije con la manzana?”, “Claaaaaaaaaro!”- mentí despiadadamente - “¿con los cuatro cortes como le dije?”-“ Si, si, exactamente como me dijiste”-“ Usted vio como él se recuperó con mi consejo, no?. Haga siempre yo que le digo y le irá bien. El próximo día le enseñaré las oraciones para purificar la  manzana antes de comérsela. Se lo digo a usted porque es española, si usted fuese holandesa no se lo habría dicho nunca”. Debí poner cara de estupor, pero fui salvada por la campana de salida de las clases…
Cuando el invierno hizo su aparición en Holanda, nuestras conversaciones matutinas cambiaron.
Nuestra atención se centraba ahora en la ropa adecuada que poner a los niños para esas inclementes  temperaturas, especialmente, para proteger determinadas zonas del cuerpo como ojos, oídos, garganta y en su caso, era de especial importancia protege bien…los huevos.


 Si, si, los huevos.

Esa parte tan importante en el hombre, “porque ustedes las mujeres lo tienen más fácil”- me dijo- es distinto. En los hombres es importante guardar bien la temperatura de los huevos, por que sino, no se pueden  hacer los hijos, usted sabe?”, “La mitad de los hombres holandeses no funcionan, no pueden tener hijos, no tienen ni idea, son unos ¿cómo lo llaman ustedes allá?.....¿muñecos?”. “Bueno, si, algo parecido creo que es” – contesté con malicia – “Así que, estos holandeses ni son hombres, ni son nada. Yo, a Nelson (mi hijo), siempre le digo que ha de ponerse bien caliente esta parte, para que él pueda ser un buen hombre en el futuro,  y pueda hacer muchos hijos a la mujer”.  Mientras que me contaba todo esto no dejaba de darse golpes una y otra vez en….sus huevos, y yo hacía unos esfuerzos tremendos para no bajar la mirada más allá de su cintura.
Descubrí que este tema le preocupaba especialmente  a Burton, casi  me atrevería  a decir que le obsesionaba. Así, la gran mayoría de nuestras conversaciones, estaban marcadas por….sus huevos. Sé que os sonará raro, pero él lo hablaba con la mayor naturalidad del mundo y yo tenía que hacer cada día un tremendo esfuerzo para no mirar a……  sus  huevos. Aunque, si he de ser sincera, ya  hasta me resultaban familiares, eran como dos amigos más que conversaban con nosotros por las mañanas. Imaginaos algo así:

-          “Hola Burton. Buenos días”
-          “Hola Sabina, qué tal?”
-          “Y tus huevos, cómo van?”
-          “Bien, gracias. Salúdalos tú misma, aquí están.”
-          “Ah, perdón no me había fijado. Buenos días  huevos de Burton”.
-          “Hola Sabi, te ves bien linda hoy…”
-          “Gracias chicos, vosotros también tenéis buen aspecto…”

Pero la gran anécdota, el mejor momento, la gran conversación que mantuve con Burton, fue el día que mi hijo Josh tuvo infección de oídos.

Había hecho un frío glaciar en Holanda. Los termómetros habían alcanzado temperaturas de 19 bajo cero. Y Josh pilló una buena infección de oídos. Así, ese lunes, no pudo ir al colegio. Al día siguiente, se lo estaba explicando a su profesora y cuando terminé de hablar con ella Burton me estaba esperando:
-          “¿Cómo fue?, ¿qué le ocurrió a Josh? Le escuché hablar con la maestra.”
-          “Oh, nada, lo normal con estas temperaturas, ha tenido infección de oídos.”
-          “¿Usted sabe porque le pasa esto?”
-          “Bueno, creo que si,¡¡¡¡¡¡ con este frío!!!!!….Además las clases de piscina….El otro día se quejaba de tener un oído taponado….Creo que se le quedó algo de agua dentro….no se….
Empecé a enfangarme en una larga explicación acerca de las infecciones. Mientras tanto, Burton me miraba y movía la cabeza con energía a uno y otro lado.
-          “….así que le llevé al médico y me dijo que era una otitis.”
-          “Ya, ya, pero ¿usted sabe porque le pasa esto a los niños de esta edad?”
-insistió.-          “Bueno, pues….”Entonces bajó la voz.  Ya se había hecho tarde y nos habíamos quedado prácticamente solos a la entrada del colegio, algo que posteriormente agradecí….

-          “A los niños de esta edad” - continuó- “les pasa esto porque….les están cresiendo…los huevos”.
-          “A….A….A…h…h….”- añadí como pude.

En ese momento imaginé la escena en la que le desvelaba al médico que si  mi hijo tenía infección de oídos era porque le estaban creciendo los huevos y acto seguido veía  como el médico, inspirado por mi aclaración, quemaba airadamente sus libros de medicina como si   de un manual de brujería se tratasen.
-          “¿Lo que usted tiene que hacer sabe que es?”- continuó de forma seria- “Un remedio que yo he hecho durante toda mi vida”.
-          “….Bu-e-e-e-no… el mé-di-co…- dije, no sin cierto temor- …le ha mandado antibiótico….y está mucho mejor….”
-          “No, no, no, no. La cosa es mucho más sencilla. Lo que tiene que hacer usted,  es, aplicarle por la noche una buena capa en sus huevos  de este ungüento que se usa para respirar mejor, ¿cómo se llama?”
-          “Vips….Vaporub????”- dije con cara de pasmo.-          “Eso es, justamente. Le aplica una buena capa en los huevos del niño y después le pone unas medias de algodón para dormir. O mejor de lana. Y le deja dormir toda la noche con ellas. A la mañana siguiente ya verá usted como el dolor ha desaparecido….”
Desde luego, estoy segura que el dolor de oídos desaparecería, pero el de huevos…..rrrrrrrrrrrrrr……no quiero imaginarlo!!!! Mala bestia!!!!!!! ¡¡¡Cómo voy a escalfarle a mi hijo los huevos con Vips Vaporub así como así!!!!!????????!!!!!!

Reconozco que aquella conversación marcó un antes y un después entre nosotros y no pude volver a  comportarme igual con él. Mis conversaciones matutinas se fueron redujendo cada vez más, porque me asustaban sus lecciones de anatomía y salud, aunque las anécdotas no dejaron de sucederse, ahora, desde la lejanía, veo que esto solo fue el principio…..