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TRIBUTO A MARCO

 

Tres meses y medio.

Tres meses y medio habían pasado desde que abandoné mi residencia española.

Y ahora por fin, volvía a España, mi querida España, como decía Cecilia en su canción, para pasar las vacaciones de Navidad.

La alegría recorría cada poro de mi piel. Había conseguido sobrevivir al primer periodo. Haciendo una pequeña revisión mental mientras esperaba en la puerta de embarque del aeropuerto de Amsterdam pensaba en mis  logros. Y me sentía feliz. Feliz y aliviada de poder descansar mi mente durante quince días del idioma por excelencia. Feliz y entusiasmada por poder volver a abrazar a los míos. Feliz y extasiada de hablar por los codos sin pensar en giros gramaticales, tiempos verbales o déficits de vocabulario. Feliz y capaz de casi cualquier cosa a partir de ahora.

FELÍZ. FELÍZ. FELÍZ.

Recordé mi viaje de ida al país de las flores, tres meses antes, envuelta en lágrimas. Sin poder evitar que brotasen en cualquier momento y con las gafas de sol preparadas para tapar  mis ojos en cuanto hiciese falta. Evitando que mis hijos me viesen llorar para que no vivieran la separación como una tragedia. Evitando lo inevitable, es decir, afrontar la situación que había evitado durante todo el mes de preparativos.

Durante el vuelo de vuelta a casa por Navidad también recordé el día que Marco abandonaba España, un día cualquiera del mes de  agosto, en la T4 de Madrid.

Mi hermano  y yo fuimos a acompañarle al aeropuerto. Marco se despidió de su familia en casa. Habíamos acordado hacerlo así. Tres semanas más tarde, yo lo repetí del mismo modo. Al aeropuerto no fueron a despedirnos ni nuestros padres, ni nuestros  tíos, ni sobrinos o abuelas. No. Rotundamente no. Había que desdramatizar, había que quitar leña al  asunto y tratar de vivir la situación de la forma más natural posible. Cómo si no fuese la primera vez que nos íbamos, cómo si ya lleváramos diez o doce viajes. No éramos los primeros, ni los últimos que emigraban a otro país. Emigrábamos en unas condiciones bastante buenas a  pesar de las dificultades que entraña el empezar de cero en cualquier sitio. No me puedo imaginar como se ha de sentir  alguien que cambia el avión por una patera y las maletas por unas bolsas de tela roída. Éramos unos afortunados y decidimos que así habíamos de vivirlo.

Cuando Marco facturó sus maletones debió sentir que  cargaba 46 kilos sobre sí mismo, en lugar de sentir que se desprendía de ellos. Después de colocar el equipaje sobre las cintas del aeropuerto no había más demora posible. Todo iba a cambiar. Sólo se quedó con el maletín del portátil en una mano y un periódico español apretado fuertemente en la otra. De camino a la puerta de control, mi hermano le daba conversación acerca de temas banales como las características de las estructuras de metal de la T4. Yo le  escuchaba en silencio, llena de agradecimiento, pues hacía que la despedida pareciese poco importante al lado de los problemas cotidianos.  

Llegados a la puerta de control no quedó más remedio que asumir la situación. Era  hora de despedirse. Marco se debatía entre la necesidad de embarcar y evolucionar personal y laboralmente y las ganas de quedarse en tierra dejando pasar sus ilusiones y volviendo a la seguridad de su antigua vida. Tiempo después me confesó que hubiese cambiado su puesto a cualquiera en aquel momento. Se sentía “panicar”.

Nos abrazamos tensos y le deseé suerte. “Te veo en tres semanas, todo va a ir bien, no te preocupes”. Mi hermano le palmeó la espalda con una sonrisa en los labios, deseándole del mismo modo suerte y diciéndole al estilo español: ¡bueno macho….pues…..al toro! Nos vemos en unos días (?)

Y Marco entró.

Le observamos caminar entre las cintas, en silencio y  conteniendo las emociones. Parecía que llevase una mochila de 80 kilos a la espalda. Su gesto denotaba cansancio, no había sido capaz de “pegar ojo” en toda la noche como delataban sus ojeras y su mandíbula permanecía contraída por la angustia y la expectación del “que pasará” desde que conociera la noticia un mes antes.

Cuando pienso en el esfuerzo que hizo, vuelve a aparecer el nudo en mi garganta y de nuevo se emborronan las teclas del ordenador.

Yo sabía lo preocupado que estaba por muchas cosas: tenía que encontrar casa antes de que llegáramos nosotros, ayudar en la adaptación  de los niños, solucionar un millón y medio de  trámites, hablar en inglés casi 24 horas al día, vivir en un hotel completamente solo, en un país extraño, sin familia ni amigos cercanos, durante casi un mes entero….y por supuesto  demostrar que estaba perfectamente capacitado para el puesto que había sido seleccionado. Evidentemente esto era lo que le quitaba el sueño y el hambre. Él era el único responsable de que el movimiento de ajedrez realizado por toda la familia fuese fructífero, era el alfil que gana a la reina. Y la jugada había comenzado.

Pero yo también era consciente de que le preocupaba y mucho como me afectaría a mí este cambio de estatus. Estaba renunciando a mi trabajo, a mi familia y amigos….y él sabía que mis recursos idiomáticos eran limitados. Sentía angustia al pensar que por muchas ganas que tuviera de emprender esa aventura quizá podría venirme abajo y no ser capaz de superarlo. Y entonces él se sentiría perdido, solo, frustrado y con la culpa de haber destrozado una familia. Creo que estaba aterrado. Así que no tuvo más remedio que confiar en mí…..al igual que yo en él. No había otra alternativa. O íbamos al 50 por ciento cada uno o caíamos con todo el equipo…y en este caso el equipo los formaban dos criaturas de 8 y 5 años.

 

 

Estos fueron los pensamientos que inundaron mi viaje de vuelta a casa por Navidad, sonrisas en lugar de lágrimas y  satisfacciones en lugar de miedos. De vez en cuando, echaba un vistazo a mis hijos y admiraba su fortaleza. Estaban sanos, felices y…. muy delgados, aunque de esto último ya se encargarían sus abuelas. Había superado el primer periodo. Habíamos superado el primer periodo. Juntos. Los cuatro. Y la verdad, no lo habíamos hecho nada mal.

Y seguía disfrutando de una magnifica persona a mi lado. Alguien que soportaba estoicamente y día tras día a un alma como el mío. Un alma rebelde, alocado, inconformista y despistado. Un alma que pecaba de lamentos victimescos en algunas ocasiones porque no había entendido lo que le decía una señora en el ascensor. Pero un alma lleno de gratitud hacia él por haberme brindado la posibilidad de cumplir un sueño, por haberme permitido acompañarle en este viaje.

No se si mañana estaremos juntos o no. No se cual es la fecha de caducidad de las cosas, más allá de los yogures y creo que tampoco me importa. Mis nuevas experiencias me enseñan cada día a vivir los momentos como algo único, sin ocuparme demasiado del futuro no más de la semana que viene, aquel carpe diem tantas veces repetido pero tan  pocas practicado hasta hace pocos meses. De este modo sé que mi futuro con él es día a día, entre discusión y discusión o entre roces y caricias.

Así que por esto y otras muchas cosas me sentía en la obligación de rendir un tributo a Marco, porque mañana no sé  que pasará…

O por el carpe diem…o por si acaso,  lo dejo dicho.

Y después de la ñoñería y el pastel aún de confesaros una cosa más…Marco tiene defectos… ¿o qué os creíais?

EL HOLANDÉS ERRANTE


 

Mi amigo holandés Beerg me ha sugerido que le acompañe al concierto de música disco que darán en La Haya a principios de diciembre.

En cuanto me lo ha dicho, casi inmediatamente, le he respondido que si; que iré, ¿por qué no? Echo de menos a mis amigas y nuestras salidas nocturnas en las que no paramos de reír y nos sentimos  diosas de la noche madrileña. Beerg no se parece a ellas en nada,  pero es una buena compañía.

Nos conocimos por Skype, cuando aún no me había ido de España, a través de un conocido de mi amigo que a su vez era  amigo  de otro amigo de Beerg. Mi amigo me dio su nombre de usuario para que contactara con él y  nos ayudara en nuestra adaptación al país.

- … ¿Pero no le importará que le llame 800 veces sin conocernos de nada?,

- ¡Qué no, que es  un tío muy majo, ya verás! No va a tener ningún problema en ayudarte. Así os podrá decir en que zona podéis buscar casa. Además es profesor en un colegio y os ayudará con el tema de los niños….

- ¿Seguro Jorge?, mira que yo puedo ser muy pesada……que estoy muy perdida y necesito consejos….

- Bufffff, desde luego no hay duda de que puedes ser pesada Sabi, pero si te digo que le llames es por algo……..

- Vaaaaaleeeeeee ¿tiene hijos?, eso ya sería el complemento perfecto para Clara y Josh… aún no se donde vamos a vivir, si encontrásemos casa cerca, los niños podrían jugar juntos….

- Sabi……..

- …Y a lo mejor su chica también habla español, ¿sabes si él le ha enseñado…?

- Sabi…..creo que su chico y él aún no han decidido adoptar….pero…. ¡Quién sabe, quizá forma parte de sus planes!

- Ah ¿es gay?, ¡genial!, estoy deseando conocerlos a los dos…. ¡qué emoción!, ¡cada vez me siento más identificada con Carrie!

- ¿Carrie? ¿Quién es Carrie?

- Carrie.  ¡¡¡¡¡¡Carrie Bradshaw…..la protagonista de Sexo en Nueva York!!!!!!

- Estás como una cabra, guapa”.

Lo estoy.

Una semana después, estaba hablando con Beerg casi todos los días por Skype. Jorge tenía razón, era muy majo. Enseguida empecé a charlar con él de un millón de cosas, ambos trabajamos en educación y discutimos acerca de estos temas y también de muchos otros…cultura, política, religión, sentimientos…

Beerg habla español perfectamente, también habla  francés, alemán, inglés y un poco de italiano, aunque no lo aprendió bien porque el curso que eligió era una porquería. Beerg ha vivido en diferentes partes del mundo y su último asentamiento antes de regresar a Holanda fue  España. Vivió en el País Vasco durante cinco años, y aprendió español tramitando papeles y  viendo en  la tele  a Carmen Sevilla dando “el cuponsito”. Me  está regalando infinidad de consejos acerca de la mejor forma para aprender idiomas y me cuenta cosas relativas a la cultura holandesa. Os pongo algún ejemplo:

LAS BICIS: hay holandeses que no comprarán un coche en su vida, pero sí tres o cuatro bicis. Una para salir a pasear, posiblemente de segunda mano y no más cara de 20 o 30 euros. Otra para salir a hacer trayectos más largos, por ejemplo, para ir al trabajo todos los días, si queda relativamente cerca, o sea a unos 20 o 30 kilómetros de distancia, y otra posiblemente más profesional, de carreras, de uso exclusivamente deportivo. La de hacer la compra también vale si te mudas de casa porque como es de las malas, puedes trasladar los muebles en ella (lo juro, lo he visto con mis propios ojos) esta es la misma bici que se usa para  pasear al perro. Normalmente, esta es también la  bici que te robarán unas 7 u 8 veces al año, por eso no conviene gastarse más de 20 o 30 euros en ella y debes comprar dos cadenas para aparcarla además del bloqueador de rueda. Posiblemente te gastes más dinero en las cadenas que en la bici que igualmente te van a acabar robando para vender después en los mercados de segunda mano al mismo precio que la compraste pero sin cadenas.

LA COMIDA: los holandeses tienen unos hábitos alimenticios muy diferentes a los nuestros.  Desayunan fuerte (véase un café con un zumo o una especie de sirope líquido y algo dulce, unas galletas o unos poffertjes). Toman unos dos o tres cafés a lo largo de la mañana (entre las 8 y las 11) y a la hora del lunch comen…..bueno, por llamarlo de alguna manera, es decir, toman un zumo de  frutas o un chocomel (o sea el Cacaolat de toda la vida)  y algo dulce como una porción de tarta, un pastel o un muffin, y de postre un café.  Si  deciden tomar algo salado, entonces lo más probable es que  acompañen un café con unos trozos de pan con queso. Pueden sustituir el café por un vaso de leche o los trozos de pan con queso por un pequeño sándwich de queso con mantequilla o  de queso con rodajas de pepino. Esto será entre las 11:30 o las 12 lo más tarde y hasta que cenen alrededor de las 6  si toman algo será fruta o unas patatas fritas con mayonesa.  También venden comida preparada en casi cualquier sitio, tú pones uno o dos euros en la máquina y obtienes un frikandel caliente  en un pis-pas. El frikandel es una salchicha hecha de vísceras y sesos (se supone que de vaca) según dicen las malas lenguas y los periódicos sensacionalistas.

A la hora de la cena es el momento de reponer lo que han gastado a lo largo de todo el día; pueden llegar a tomar hasta tres platos ¡wow!. De primero algo caliente, como una sopa o un puré. La variedad preparada es infinita: de tomate, china, de frijoles, de setas, de pollo relleno, de curry, de mostaza, de rabo de buey…., en cualquier supermercado puedes encontrarlas sin problema. De segundo algo de carne como hamburguesas o muslos de pollo demasiado  marinados para mi gusto  y de postre un vaso de leche o un café. Después de esta comida copiosa a uno le entran unas ganas de dormir tremendas….pero las resiste hasta que dan las 9 aproximadamente y toma un gran yogur antes de irse a la cama.

 

A favor de Beerg diré que él es incapaz de cenar a las 6 y que adora la comida española (especialmente la morcilla de Burgos), pero no deja de ser holandés y toma alrededor de 15 cafés al día.

 

 

He quedado con él en La Haya alrededor de las 7; el concierto empieza a las 8. Me ha dicho que tomaremos un café antes de entrar mientras hacemos tiempo para que llegue todo el mundo. ¿Todo el mundo?, creo que le entendí que solo iríamos Lesly, él y yo (Lesly es una amiga suya que también es holandesa pero habla español, la conoceré hoy).

Está diluviando y yo me he puesto “remona” para ir al concierto disco, pero con las prisas he olvidado coger el paraguas porque cuando he salido de casa solo chispeaba. Tengo una hora de camino en tren desde donde vivo hasta La Haya, así que como el tiempo en este país es tan cambiante espero que cuando llegué allí ya no llueva. No he cenado porque me parecía demasiado tomar la cena a las 6:30; vale que me adapte bien a los cambios, pero no tanto.  Supongo que tendré que comprar algo en las máquinas de comida cuando haga el transbordo de tren, espero que me de tiempo, porque Beerg dijo muy claro que quedaríamos para tomar café, ya que partimos de la base que a las 7 o 7:30 todo el mundo ya ha cenado.

He comprado una croqueta gigante de esas que venden aquí por dos euros y me la he comido en cinco minutos en el tren que va hacia Den Haag, lo malo es que he olvidado comprar una botella de agua y estoy revolviéndome de los ardores por el picante del croquetón. No ha dejado de llover. Tendré que poner la dirección en el móvil porque con lo que la que está cayendo y sin paraguas prefiero no desviarme mucho del camino. Otra cosa que me preocupa es la hora de vuelta, porque he mirado los trenes de regreso y no hay demasiados. Si dan las 12 y aún no ha acabado el concierto tendré que salir disparada a lo Cenicienta para no perder el tren de las 12:15. Es el último que me lleva hasta casa…

 

Bueno, parece que después de dos vueltas a la manzana he encontrado el camino correcto. El café está de bote en bote y me siento bastante extraña en un sitio de copas, sola y sin mis chicas…mientras que no se me acerque nadie no vamos mal…

-         “Hooooola princesa……….

-         Ahhh…qué susto me has dado Beerg!

-         Ven estamos por allí sentados….

-         ¡Ah, qué bien! ¿Ya ha llegado Lesly? ¿Soy la última entonces?

-         No, Lesly no llegará hasta las 8, vendrá directa al concierto con su marido…me dijo que preferían cenar los dos solos antes de venir….

-         ¿Entonces….quiénes están?

-         Pues mis compañeras del colegio…te las presentaré….

-         ¡¿¡¿Tus?!?!....Peroooooo…… ¿hablan español?

-         ¿Español? Nooooooo……pero inglés habla todo el mundo…..así podrás practicar un poco.

-         …?!?!?!”

 

¡Capullo!. No me había dicho nada de todo eso.

Después de saludar aparatosamente y sin preparación a tres compañeras de Beerg, dos de ellas inglesas y una americana y tomarme un expreso a las 7:30 de la tarde, algo que me tengo  terminantemente prohibido, trato de  seguir una conversación en un café de moda, lleno de ruido de fondo y alboroto y con cuatro personas hablando a la vez y contando chistes. A la compañera americana de Beerg, que por cierto, es la fotógrafa del colegio, le debo parecer tan divertida con mis dificultades al hablar, como un chimpancé comiendo cacahuetes en un zoo y no deja de hacerme preguntas mientras me corrige cada frase que intento acabar…..creo que me ha dicho algo así como: ¿y por qué has decidido venir a vivir aquí si no sabes hablar ni inglés ni holandés? Quizá, yo debería preguntarle a ella porque no ha decidido quedarse en América haciendo de doble en las películas de Whoopi Goldberg pues clavaría el papel de miedo con sus uñas rojo carmesí, medio descascarilladas y sus trenzas hasta la cintura… ¡no te jode! Pero lo único que me sale, es una sonrisa y un I don’t Know because my husband…..Tengo que recordarme a mi misma estrangular un poquito a Beerg después del concierto…a ver si no se me olvida…

 

Cuando salimos del café a las 8 menos cinco sigue lloviendo a cántaros, menos mal que Beerg lleva paraguas, me agarro a su brazo de camino al teatro mientras hablamos en español:

-         Te voy a matar, no me dijiste que venía más gente…. ¡con el día que llevo hoy! Precisamente iba pensando en el tren que por fin me iba a relajar ahora hablando por los codos!

-         ¡¡¡¡Ja, ja, si te lo cuento, no vienes!!!!No te preocupes, ahora llega Lesly y puedes hablar con ella todo lo que quieras, estará encantada de practicar español contigo porque no tiene oportunidades de hablar con españoles….Por cierto ¿¿¿le has dicho algo de mi novio a mis compañeras???

-         ¿¿¿¿Qué????¿¿¿¿Cómo?????. Noooooooo. No he dicho nada…

-         Mejor, no me gusta que sepan cosas de mi vida…..aunque ya lo saben….

-         Pero…. ¿entonces lo saben?

-         Siiiii ¡ellas saben!

-         Pero entonces….si ya lo saben….no pasa nada ¿no? Vamos… que yo no he dicho nada, pero si lo hubiera dicho….

-         ¿Pero tú no has dicho nada no?

-         No, no, yo no he dicho nada….

-         Muy bien. Será mejor. Mira ahí está Lesly…….

Me he quedado de piedra. No entiendo nada. ¿Lo saben o no lo saben? A veces se me olvida lo difícil que es comunicarse con alguien que por muy bien que hable tu lengua no es nativo. Bueno, en cualquier caso me quedo tranquila porque lo  que yo sí se es que

YO NO HE DICHO NADA….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTINUARÁ…

LLEGADA AL PAIS DE LAS FLORES

Recuerdo que cuando puse el pie por primera vez en Nord Holland me sentí tremendamente extraña.
 A día de hoy, aún me pregunto que fue lo que me hizo quedarme allí y no coger las maletas de la cinta del aeropuerto y volver a facturar deprisa  de vuelta a casa con mamá. Quizá fue el hecho de ver a tanta mujer rubia, alta, delgada y de grandes pechos, lo que me impulsó a quedarme, no se si por proteger aquello  que considero  mío, cuan loba protege su manada, o por si “se me pegaba algo” de aquellas diosas.

En fin, la realidad, es que allí me quedé y no fui capaz casi de probar bocado de la hamburguesa picante (en Holanda casi todo pica) que íbamos comiendo en el tren de camino a nuestra nueva casa.
 Vivimos durante todo este tiempo  frente a uno de los famosos coffee shop holandeses.  Un sitio céntrico,  de un pequeño pueblo, cerca de Amsterdam.   Aquella tarde, tiramos como pudimos de las maletas (tres enormes maletones llenos de grandes jerséis de lana y tres enormes equipajes de mano) desde la estación de tren hasta  nuevo hogar.

Cuando conseguimos acostar a los niños y después de hacer una rápida visita por el único apartamento que habíamos podido encontrar allí, mi chico y yo, decidimos tomar una copa de vino para celebrar nuestra nueva vida.
No sé que me pesaban más, si los ojos del cansancio, o el miedo que sentía en cada poro de mi piel. En ese momento, identifiqué cual era aquella sensación que notaba desde que había llegado  y justo antes de romper a llorar como una niña de dos años (incluidos los hipos y todo) escuché o creí escuchar a voz en grito a   alguien en la calle, mientras cerraba la puerta del coffee shop que decía: “Venga….., hasta luego…”.
Aquello desmontó todo el drama que hubiera correspondido a esta escena, y lo peor, es que aún tengo la duda de si lo que oí fue efecto del vino o del acongoje generalizado que me recorría.
Y ahí quedó la cosa…hasta el día siguiente.






Huelga decir que los primeros días no fueron fáciles. Gracias a la ayuda de las redes sociales y de” youtube” la añoranza se mitigaba poco a poco.
Si algo me impresionó del día a día holandés, además del constante  cielo borrascoso, fue el graznido de los cuervos. Acostumbrada al sol, la brisa y el canto de los gorriones no era capaz de no estremecerme cada vez que los veía posados en esos gigantescos árboles que recorrían la avenida que transitaba todos los días. Venían a mi mente escenas de novelas de Poe, películas de Hitchcock, y millones de cosas más, mezcladas con el aroma de pan quemado y canela que recorría el país de punta a punta. Si además pensaba en los diques que los holandeses han construido con tanto esfuerzo para ganar la batalla al mar, se me erizaban los pelos  sin poder remediarlo. Recuerdo el día que dije que me marchaba a vivir a Holanda a unas buenas amigas. Suena en mi cabeza la frase de una de ellas advirtiéndome:” si quieres hacer amigos holandeses no hables del cambio climático. Holanda es un país que acabará desapareciendo con los años. Recuerda  que viven por debajo del mar”.
Ese día pensé: “esta Cristi es una exagerada, no será tanto”. Hasta que una noche, después de cenar tranquilamente en casa, a mediados de octubre, presencié una espeluznante  tormenta.
 De pronto, alrededor de las 10 de la noche, se cerró el cielo en sí mismo.
Empezaron a caer truenos que iluminaban el salón a través de la claraboya (vivíamos en un tercer piso, y allí es bastante común hacer claraboyas en los últimos pisos para dejar entrar la poca luz que el cielo holandés permite). La lluvia empezó a caer “como si no costara”, los truenos y los relámpagos se peleaban por ver quien despuntaba primero y yo cada vez me acurrucaba más en el sillón lleno de pelotillas que nos había dejado nuestro casero. Si hubiese cerrado los ojos, estoy segura que habría sentido, que me encontraba en un barco pesquero, en medio de una tormenta, en pleno Mar del Norte.
Pero no lo hice.
Todo lo contrario. Masoquista como a veces me gusta ser, me asomé por la ventana del salón justo a tiempo de ver como volaba alegremente la bandera del coffee shop… así… por las buenas.
Cuando recuerdo a la abuela de Marco, una honorable y tierna señora de 80 años, diciendo que aún se mete debajo de la cama durante las  tormentas, no puedo ni imaginar que habría hecho ella en este caso. Ni con todas las camas por montera hubiera sido capaz de resistir semejante envite!!!!, lo que no se, es como lo resistí yo?!!!!!.
Por cierto, a  favor de los holandeses, he de decir que una de sus mejores cualidades es el coraje. Coraje o el efecto de las hierbas estupendas que se respiran por aquellos lares sin parar, porque si me hubiesen contado, que en medio de aquella  gota fría, alguien es capaz de coger la bici para llegar hasta su casa, no lo habría creído nunca, así que, tenéis mi beneplácito para no hacerlo.


La tormenta pasó, y en Holanda todo siguió como siempre.
La bandera del coffee shop volvió a su sitio, la claraboya de mi apartamento  dejó entrever un atisbo de luna,  los chubasqueros de la gente volvieron a desaparecer de repente… …Y es que, existe un fenómeno misterioso en Holanda que aún no he podido descifrar. Incluso con lo cambiante del clima, todo el mundo siempre va vestido de acuerdo a las circunstancias. Algo que yo no he conseguido. Si empieza a llover, lo cual ocurre con bastante frecuencia, todo el mundo tiene un chubasquero a mano. Si empieza a nevar, todo el mundo tiene sus botas de pre esquí puestas. Si empieza a hacer viento, todo el mundo lleva su gorro….Es algo completamente inverosímil, porque sucede de repente y sin previo aviso. Según cambia el tiempo, cambia la vestimenta y todo ello sin pasar por casa previamente, in-cre-i-ble!!!!!!!!!

Volviendo al tema, todo siguió igual en Holanda.

Y yo me sumergí en la valiente hazaña de buscarme un curso de inglés.